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Por primera vez, los dos grandes telescopios espaciales de la NASA trabajaron juntos para medir los objetos transneptunianos más débiles jamás caracterizados. El más pequeño mide apenas cinco kilómetros. Su color y su tamaño cuentan una historia que las colisiones de 4.600 millones de años no lograron borrar.
Más allá de la órbita de Neptuno hay un archipiélago de hielo y roca que nunca terminó de convertirse en planeta. Son los objetos transneptunianos, o TNO: restos de la materia prima con la que se armó el Sistema Solar hace unos 4.600 millones de años. Plutón es el más famoso. El resto, en su gran mayoría, son puntos de luz tan débiles que desde la Tierra equivalen a intentar ver un enjambre de luciérnagas posado sobre la Luna.
El 8 de septiembre de 2026, la NASA anunció que el telescopio espacial Hubble y el James Webb lograron, por primera vez en conjunto, descubrir y estudiar 27 de esos cuerpos entre los más pequeños y tenues jamás observados de forma directa. Dos equipos liderados por las doctorandas Anastasia Morgan (Northern Arizona University) y Marielle Eduardo (University of Victoria) publicaron los resultados en The Astronomical Journal.

El Webb, con su cámara infrarroja NIRCam, barrió una franja diminuta del cielo —apenas 0,05 grados cuadrados— y encontró los 27 objetos. El Hubble, en luz visible, midió el color de sus superficies. El más chico tiene unos 5 kilómetros de diámetro: cinco veces por debajo de lo que alcanzan hoy los telescopios más sensibles desde el suelo. La mayoría brilla más de 100 millones de veces menos que lo que el ojo humano puede ver a simple vista.

La sorpresa no fue solo encontrarlos. Fue lo que “recuerdan”.
Los TNO se dividen, a grandes rasgos, en dos familias. Los “fríos” siguen órbitas casi circulares y planas, como si nunca se hubieran movido del disco original donde nacieron. Los “calientes” —el adjetivo habla de su dinámica, no de su temperatura— viajan en órbitas alargadas e inclinadas: se formaron más cerca, entre las actuales órbitas de Urano y Neptuno, y después fueron empujados hacia afuera cuando los planetas gigantes migraron.
La intuición científica decía que los fragmentos más pequeños deberían verse distintos. Miles de millones de años de choques habrían raspado, pulverizado y mezclado sus cortezas. “Uno podría imaginar un escenario en el que ser golpeados y fragmentados cambiaría la composición de la superficie, y entonces veríamos un color distinto en los TNO diminutos respecto de sus hermanos mayores”, explicó Morgan. “Es fascinante ver que los objetos más pequeños de algún modo están ‘recordando’ y preservando la historia de cómo fueron hechos.”
No ocurrió. Los TNO chicos conservan los mismos colores que los grandes de su misma familia. Los “calientes”, aunque sus órbitas fueron revueltas, siguen mostrando la firma química del lugar donde nacieron. El coautor David Trilling, de Northern Arizona University, lo resume así: retienen una marca de origen aunque su camino alrededor del Sol haya sido scrambleado.
Hay otra pieza incómoda para los modelos. Hay menos objetos muy pequeños de lo que algunas teorías de formación planetaria predecían. El Cinturón de Kuiper no es un molino de migajas: gran parte de su masa sigue atada a cuerpos de unos 200 kilómetros. Y las dos poblaciones —fría y caliente— muestran una distribución de tamaños muy parecida. “El proceso de formación de planetesimales parece insensible a las condiciones del disco”, señaló Eduardo. Da igual si el entorno era denso o esponjoso, caliente o frío: el resultado, en tamaño, se parece.
Eso convierte a estos 27 cuerpos en fósiles útiles. Un planetesimal es, en términos simples, un ladrillo sólido del tamaño de una ciudad: el paso intermedio entre el polvo del disco primitivo y un planeta. Más allá de Neptuno ese segundo paso nunca se completó. Quedó un freezer de materia prima. Medir cómo es esa materia prima —y comprobar que ni las colisiones ni el destierro orbital la reescribieron por completo— obliga a ajustar las recetas con las que se explica el nacimiento de la Tierra y del resto de los mundos.

Los propios telescopios no “fotografían” estos objetos como se fotografía a Plutón. Apenas los registran como puntos. La ilustración artística que acompaña el anuncio, de Leah Hustak (STScI), es la mejor manera de imaginarlos: un mundo irregular, rojizo, craterizado, a miles de millones de kilómetros del Sol. El trabajo fino está en la luz: cuánta llega, de qué color es, cómo se reparte entre tamaños.

El censo es el más profundo realizado hasta ahora en esa región. No cierra el mapa del Cinturón de Kuiper. Abre una ventana a la escala que faltaba: la de los cuerpos del tamaño de una ciudad que, contra lo esperado, todavía hablan el idioma químico de los orígenes.
El Sistema Solar no se entiende solo mirando planetas terminados. Se entiende midiendo lo que no llegó a ser planeta. Si los TNO más chicos conservan su “memoria” de fábrica, los modelos de cómo se agrupan el polvo y las piedras en los discos protoplanetarios —aquí y alrededor de otras estrellas— tienen que explicar esa resistencia al olvido. El hallazgo también muestra para qué sirve usar Hubble y Webb como un solo instrumento: uno encuentra lo invisible en infrarrojo; el otro le pone color en luz visible. Sin los dos, estos 27 mundos seguirían siendo ruido en el fondo del cielo.
Fuentes científicas
- NASA Science, 8/9/2026: NASA’s Hubble, Webb Find Far-out Solar System Objects ‘Remember’ Past
- Ilustración oficial: Trans-Neptunian Object Illustration
- The Astronomical Journal: DOI 10.3847/1538-3881/ae907f y DOI 10.3847/1538-3881/ae9084