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El 18 de octubre de 1963, una gata llamada Félicette se convirtió en la primera de su especie en llegar al espacio y volver con vida. Su nombre se confundió durante décadas, su historia quedó a la sombra de Laika y recién en 2019 tuvo un monumento. Esta es su historia.
Cuando se habla de animales en el espacio, los nombres que primero aparecen son Laika, la perra soviética de 1957, o Ham, el chimpancé estadounidense de 1961. Pero hay una protagonista que muchos no conocen: Félicette, la primera gata astronauta. Su viaje duró apenas unos minutos y ocurrió en Francia, un país que también quiso tener su lugar en la carrera espacial de los años sesenta.
Catorce candidatas y un entrenamiento exigente
El proyecto estuvo a cargo del CERMA, el centro francés de enseñanza e investigación en medicina aeronáutica. Reunió a catorce gatas, y las fuentes difieren sobre si venían de la calle o de un proveedor. Durante unos dos meses las entrenaron para soportar lo que iba a pasar en un cohete: giraron en una centrífuga para acostumbrarse a las fuerzas de aceleración, pasaron por una silla que se movía en tres ejes con el ruido simulado de un lanzamiento, y aprendieron a quedarse quietas dentro de su contenedor (Wikipedia).
La víspera del vuelo quedaron seis finalistas. La elegida fue la identificada como C 341: una gata blanca y negra de 2,5 kilos y carácter tranquilo. Le colocaron electrodos para medir la actividad de su cerebro, su respiración y su ritmo cardíaco durante el vuelo (Smithsonian).

El vuelo del 18 de octubre de 1963
A las 8:09 de la mañana, un cohete francés Véronique AGI despegó desde una base militar en el Sahara argelino. La aceleración llegó a unos 9,5 g, casi diez veces su propio peso. Durante unos cinco minutos Félicette estuvo en ingravidez, y la cápsula alcanzó una altura de entre 150 y 160 kilómetros según la fuente (Guinness World Records). Luego se separó del cohete y bajó en paracaídas. Un helicóptero llegó a la cápsula unos 13 minutos después del lanzamiento, y Félicette estaba sana y salva.
Fue un vuelo suborbital: subió y volvió a caer sin dar vueltas a la Tierra. Pero alcanzó para demostrar que un gato podía soportar el viaje y que sus señales podían medirse en pleno vuelo.


Después del vuelo
El destino de Félicette no fue el que muchos imaginan. Unos dos meses después del vuelo, los científicos la sacrificaron para examinar su cerebro. Según una de las fuentes consultadas, esos estudios aportaron poca información útil. Otro gato fue lanzado seis días más tarde y murió por una falla del cohete (StarWalk).
Es una parte difícil de la historia, y vale contarla tal cual: la ciencia de aquellos años aprovechó a animales que no podían elegir, y los debates éticos que despertó siguen vigentes.
¿Por qué se la recuerda tan poco?
Primero, por el nombre. La prensa francesa la llamó «Félix», como el gato de los dibujos animados, y el CERMA lo corrigió a Félicette, que es la forma femenina y la oficial. Pero el error se arrastró durante décadas: los sellos postales que la recuerdan, de Comoras (1992), Chad (1997) y Níger (1999), la llaman «Félix», y circuló incluso la idea de un «Félix» que habría sido su suplente, algo que nunca existió (National Space Society).

Segundo, por el contexto. La carrera espacial se contaba como un duelo entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y Francia quedó en un segundo plano. StarWalk agrega que las imágenes de la gata con electrodos en la cabeza no encajaban bien con una sociedad cada vez más sensible al bienestar animal. Son explicaciones razonables, aunque no hay una sola causa comprobada. Y «olvidada» es una forma de decirlo: desde 1992 tiene sellos y hoy tiene monumento.
El monumento que llegó en 2019
En octubre de 2017, Matthew Serge Guy lanzó una campaña de financiamiento colectivo para levantarle una estatua. Según Smithsonian, más de 1.100 personas aportaron cerca de 57.000 dólares. La escultora Gill Parker diseñó una estatua de bronce de 1,5 metros: una gata sentada sobre el globo terráqueo, mirando hacia arriba. Se presentó el 18 de diciembre de 2019 en la Universidad Internacional del Espacio, en Estrasburgo, Francia.

La historia de Félicette habla de coraje que no eligió nadie, de ciencia que a veces tuvo costos que hoy discutimos, y de una pregunta que sigue abierta: cómo recordamos a quienes abrieron camino sin saberlo. Cada 18 de octubre vale la pena mirar al cielo y acordarse de ella.