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Europa acelera su plan B: la ESA firma acuerdos para no quedarse sin órbita cuando se apague la Estación Espacial

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En la Cumbre Espacial Internacional de París, la Agencia Espacial Europea selló pactos con Axiom Space, Starlab y The Exploration Company. El mensaje de Josef Aschbacher es claro: cooperar con Estados Unidos, sí; depender de un solo boleto para mandar astronautas y carga, no.

La Estación Espacial Internacional no va a durar para siempre. NASA y sus socios planean retirarla a comienzos de la próxima década. Cuando eso ocurra, Europa se enfrenta a una pregunta concreta: ¿quién le garantiza laboratorio en microgravedad, vuelo de astronautas y un camión de carga que vaya y vuelva?

Esa pregunta ocupó el centro de la Cumbre Espacial Internacional reunida en París el 9 y 10 de septiembre de 2026. En los márgenes del encuentro, la Agencia Espacial Europea (ESA) firmó una ráfaga de papeles que, leídos juntos, dibujan una estrategia: no improvisar el día después de la ISS.

El 10 de septiembre, ESA y Axiom Space —la empresa estadounidense que construye Axiom Station como sucesora comercial de la estación actual— firmaron un memorando de entendimiento. El texto no es un contrato de vuelo. Es un marco para explorar misiones de astronautas europeos en la futura estación, aportes europeos a infraestructura y ciencia, y el uso posible de un vehículo de carga europeo —e incluso, a más largo plazo, de una nave tripulada europea— como parte del sistema de transporte.

“Europa está reforzando su autonomía mientras se prepara para la era posterior a la ISS”, dijo el director general de la ESA, Josef Aschbacher. El director de Exploración Humana y Robótica de la agencia, Daniel Neuenschwander, fue más explícito: con la desorbitación de la estación en el horizonte, “es nuestro deber anticipar y preparar soluciones futuras para garantizar nuestro acceso a la órbita baja”.

Josef Aschbacher (centro) con autoridades de NASA. NASA (Image ID NHQ202602110011)

El mismo paquete incluye una carta de intención con Starlab, otro proyecto de estación comercial, y un contrato con la empresa europea The Exploration Company para la siguiente fase del programa de carga autónoma ALADDIN. El vehículo se llama Nyx. La idea es simple de enunciar y difícil de ejecutar: un “camión” europeo capaz de llevar suministros a órbita baja y traer experimentos de vuelta a Tierra, sin pedir el servicio afuera.

En paralelo, ESA anunció que implementará un vuelo de astronauta para Grecia a bordo de la primera misión privada a la ISS adjudicada por NASA a Vast. Es un detalle menor en tonelaje y enorme en política industrial: los Estados miembros quieren asientos propios, no solo piezas de hardware.

Nada de esto significa un divorcio con NASA. Aschbacher lo subrayó antes de la cumbre: Europa seguirá trabajando con Estados Unidos y quiere seguir dentro de Artemis. Lo que busca es no quedar expuesta si el acceso a órbita baja depende de un solo proveedor o de una sola estación. En diciembre, en una reunión ministerial intermedia en Roma, los gobiernos deberán decidir si le dan mandato a la ESA para estudiar de verdad un transporte tripulado europeo. Aschbacher estima que, en una década, lo realista no es una Luna europea en solitario —pese a los plazos más ambiciosos que planteó el presidente francés Emmanuel Macron—, sino astronautas europeos lanzados con medios propios al menos hasta la órbita baja.

El contexto industrial acompaña el discurso. Aschbacher sostiene que Europa “salió de la crisis de los lanzadores”: Ariane 6 ya vuela desde Kourou, en la Guayana Francesa, y Vega C recuperó ritmo. Sin un cohete propio, cualquier plan de autonomía es un PowerPoint. Con un cohete propio, todavía falta la estación, la cápsula y la cadencia.

Los números que circularon en París ayudan a entender la escala. Macron cifró en unos 5.000 millones de euros los contratos e inversiones canalizados en la cumbre, con peso de firmas francesas y europeas como Airbus. Aschbacher venía advirtiendo que montar capacidades propias de exploración podría costar alrededor de 1.000 millones de euros al año durante una década; comprar asientos a terceros, según esa misma estimación, saldría más caro y dejaría la industria afuera.

Para un lector de este lado del Atlántico, el asunto no es solo europeo. La órbita baja es infraestructura: clima, navegación, comunicaciones, ensayos de materiales y de medicina. Cuando la ISS se retire, el mapa lo van a redibujar estaciones comerciales estadounidenses, proyectos chinos y, si cuaja, un pie europeo. Los papeles firmados en París no ponen una estación en el cielo. Ponen fecha de vencimiento a la idea de que Europa puede seguir siendo socia sin ser cliente cautivo.

El fin de la ISS no es un dato de agenda: es un cambio de dueños en la órbita baja. Quien no tenga vehículo de carga, estación o al menos un contrato firme se queda mirando desde Tierra. Los acuerdos de la ESA con Axiom, Starlab y The Exploration Company son la primera respuesta institucional a esa fecha límite. También son un termómetro de la nueva carrera espacial: ya no se trata solo de llegar a la Luna, sino de no perder el laboratorio que orbita a 400 kilómetros y del que dependen ciencia, industria y soberanía tecnológica. Argentina y el resto de América Latina no firman esos papeles, pero sí usan los datos y los servicios que salen de esa órbita. El rediseño europeo define con quién se va a negociar el acceso en los años treinta.

Fuentes

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